Este es un tema que despierta fácilmente la curiosidad y el morbo a los medios de comunicación, pero que la gran parte del público considera lejos de su experiencia. Son cosas que pasan únicamente en familias desestructuradas, pobres, malvadas. El sexo con menores se propio de pervertidos, monstruos sin alma ni sentimientos. Cuando se habla de abuso infantil,se imaginan las peores atrocidades, violencia y maltrato. Siempre advertimos advertimos a los niños que nunca se aproximan a los desconocidos. Nuestra ignorancia y nuestra incapacidad de hablar a los niños sobre el sexo, deja a los más pequeños totalmente desprotegidos.

No hay un perfil del abusador. Es cierto que existen personas consideradas pedófilas, se decir, con preferencia sexual por los niños o las niñas, auténticos depredadores que seducen a los niños con la suya influencia y simpatía. Son hombres, (muy raramente mujeres, aunque también hay) expertos en comportamiento infantil, con suficiente habilidad para acercarse al niños y a sus familias con sutileza y que a menudo ejercen profesiones que los permitiendo ser cerca de sus víctimas. Pero este, no es el verdadero peligro, porque son casos aislados.

La gran mayoría de los casos de abuso son intrafamiliares, es decir, en la familia más cercana. Gente que no abusa indiscriminadamente de cualquier niño, solo de los que considera suyos. No hay un perfil por este tipo de abusador, no se puede decir que será de esta manera o de esta otra. El abuso puede ser puntual, motivado por las circunstancias de estrés o soledad del agresor, o ser continuado en el tiempo. Puede desaparecer cuando el niño crece y por lo tanto el riesgo es mayor, o prolongarse hasta la adolescencia. La edad de más peligrosa va de los dos años, a los ocho, cuando el niño todavía no tiene conciencia clara del sexo. Es raro encontrar casos de niños abusados de menos de un año, aunque existen. Puede ser una fijación por un niño o niña en concreto, o extender se a a los hermanos o primos. El agresor a menudo es el padre, o el hermano mayor, o incluso, el abuelo o la nueva pareja de la madre o cualquier otra persona cercana y con autoridad. Tampoco hay un perfil socio-económico de la familia ni pertenecer a ninguna col-lectivo especial, puede suceder dentro de las familias más normales.
Al contrario del podemos pensar, el agresor, muchas veces no es consciente del daño que provoca a su víctima, no tiene intención de agredirlo o maltratarlo y rara vez los abusos llegan a la penetración, son caricias, masturbaciones, fotos….todo bajo el disfraz de un juego infantil, que el niño percibe como extraño, perturbador, pero que acepta con toda naturalidad obedeciendo al adulto. El niño sabe que está pasando algo malo, y sufre, pero a veces también disfruta del trato especial que le dedica el adulto. Esta mezcla de afecto mezclado de sexo, será un elemento bastante perturbador en sus relaciones futuras. El niño siente afecte por la persona que le hace daño y vive una situación que no puede asimilar, ni comprender.

Tengo que decir, que se una situación mucho más frecuente de la que se pueda imaginar que un adolescente abuse de un familiar pequeño, un hermano, un primo. No podemos culpabilizar un chico de quince años como lo haríamos a un adulto, la confusión, la falta de información sexual y el desajuste hormonal pueden provocar situaciones que serán puntuales y que no predicen tendencias pedófilas posteriores, ya que pueden llegar a ser adultos perfectamente integrados y sin intención de repetir el abuso.
No deberíamos confundir el abuso, con los juego de “médicos” que los niños practican entre ellos, como parte de su desarrollo sexual. Para considerar que hay un abuso, hace falta una diferencia de edad y una intención que no tienen los niños.
Tampoco es posible dar una pauta para descubrir el abuso, a menudo el menor no presenta ningún síntoma, y las consecuencias del abuso no se manifiestan hasta muchos años después, en la adolescencia o la edad adulta. Además, si el niño sufre síntomas, estos pueden confundir con cualquier otro cosa, puesto que el mal comportamiento, la hiperactividad, el dolor de cabeza o de barriga continuos son comunes a todos los niños con problemas afectivos. No hay un cuadro característico que señale el abuso.
Lo habitual, és que el agresor, le diga al menor, que esto que hacen es un secreto que tiene que quedar entre ellos y que si dice algo, las consecuencias serán graves: castigarán al adulto, al menor o *ambos, los separarán, etc. Esto, hace que la víctima guarde silencio, por un lado para proteger al agresor y protegerse a sí mismo y por otra porque le hace sentir “especial”, además, los niños saben que contar un secreto, esta mal.

La mejor protección que podríamos ofrecer a los niños sería una educación sexual temprana y adecuada a su edad. Que sepa claramente cuando alguien se aprovecha de su cuerpo y sepa que hacer. Parece una tarea imposible decirle esto a los niños pequeños, pero en realidad no es nada difícil si superamos nuestro propio pudor y el prejuicio absurdo e injustificado de que los niños no tienen que saber estas cosas para proteger su “inocencia”. Todo el que trabaja con niños, sabe que la inocencia de los niños és como el sexo de los ángeles: teórico.

Es difícil dar unas pautas para interpretar los signos de un abuso con niños pequeños. A pesar de todo, puede suceder que el niño, espontáneamente, le cuento todo o parte a otro adulto sin darle más importancia y sin ser consciente de la gravedad de su acusación. En este caso, los niños no mienten nunca, porque no tienen la capacidad para inventar una cosa así. Si la revelación sucede dentro de la próxima familia, la reacción natural es de incredulidad. La verdad resulta demasiado inconcebible para asimilarla. Es más fácil pensar que el niño se equivoca o miente que aceptar un hecho demasiado perturbador. Se produce un fenómeno que los especialistas denominamos “revictimación secundaría”. El niño percibe que lo que cuenta es desagradable para el adulto y piensa que ha hecho algo malo, por lo tanto, después calla o niega su declaración. Incluso, se frecuente, si el abusado es algo más mayor que la familia le eche la culpa por su manera de vestirse, de pensar o de actuar. Además, tenemos que recordar que el niño quiere al agresor, por lo tanto, no desea de ninguna forma que sufra por su “culpa” y cuando se da cuenta de las consecuencias negativas de sus palabras, se arrepiente de haber hablado.
Aunque el adulto comprenda que el niño tiene razón, y quiera tomar medidas protectoras, si el familiar es cercano, difícilmente hará una denuncia y mucho más si el agresor es otro menor. Posiblemente, cuánto sea posible romperá la relación y se alejará, pero denunciar, no siempre es la mejor opción. Yo misma he tenido que aconsejar no ponerla, porque el abusador era uno de los abuelos, un señor con setenta años y demencia senil. Los profesionales, estamos obligados por nuestro código ético a hacer la denuncia, no tan solo los psicólogos, si no todos, médicos, maestros…etc, pero por encima de la ética a veces está la compasión y aquella familia ya sufría bastante. Únicamente había que trabajar con el niño y vigilar mucho cerca el abuelo.

Un caso especial es que el abusador sea el ex-marido o la segunda pareja de la madre. Cono si dijéramos, el agresor, pertenece a “los otros”, y entonces se mezcla el resentimiento propio de todo proceso de ruptura, con la indignación por el abuso. En este caso, de seguro pondrán la denuncia y procurarán sacar al niño de la influencia negativa de “los otros”. Pero una cosa és denunciar, que cualquiera puede hacerlo y otra demostrar el abuso, mucho más si no ha dejado secuelas físicas. Los jueces tienen tendencia a ser bastante escépticos con las denuncias donde hay intereses opuestos en conflicto, y hacen muy bien. Aunque por nosotros sea inconcebible, hay madres que ponen denuncias falsas, perjudicando de gravedad la estabilidad psicológica de los niños, con la intención de ganar los litigios por custodia o por intereses económicos.

Demostrar el abuso, cono ya he dicho, es delicado y requiere una intervención por parte del perito psicólogo que se denomina “credibilidad del testimonio”, y que posiblemente sea una de los intervenciones más difíciles para el profesional. Básicamente consiste al probar, que el niño dice la verdad, y no se una imaginación, ni una mentira inducida por un adulto. Hace falta ganarse la confianza del niño, y grabar la declaración del menor en vídeo y pasarle una serie de pruebas psicológicas. Es complicado, se requiere mucho tacto y en Cataluña, el informe posterior, tienen que firmarlo dos psicólogos especialistas. Hace unos meses, contacto con una compañera mía una familia que había perdido un juicio por la incompetencia descarada de una psicóloga que hizo un trabajo para el que no estaba cualificada. Mi compañera y yo, hicimos lo que pudimos para poder poner una nueva denuncia y probar los hechos.

Si usted tiene la mala fortuna de que un menor le relate un abuso, tiene que saber que:

  1. Está obligado legalmente a poner la denuncia, mucho más si se trata de un profesional, pero no tiene la obligación de probar nada, esto corresponde a los especialistas.
  2. Una vez puesta la denuncia, el equipo psicosocial (el psicólogo) del jugado de menores examinará y se entrevistará con el niño y emitirá un informe al juez. Desgraciadamente, estos profesionales, no siempre tienen la formación, los medios y el tiempo necesarios para hacer una buena intervención.
  3. Si se trata de su hijo, consulte un abogado sin perdida de tiempo, no tenga dudas, hace falta una actuación rápida y decidida. Si trae al niño a un psicólogo privado, para hacer un informe de parte, llame antes al Colegio de Psicológicos y pegunte por su formación y experiencia.
  4. Mantenga la cabeza fría, ir a buscar al agresor y darle una paliza, aunque sea su primer impulso no beneficia en nada a la causa ni al niño. No contacte con el agresor de ninguna forma.

 

Cuando hable con el niño es de vital importancia que:

  1. No manifieste ninguna emoción. Esconda su tristeza, horror o incredulidad y hable con el niño con total naturalidad dentro de lo posible.
  2. Crea al niño, y tome en serio sus palabras.
  3. Cuantas menos veces hable el niño del suceso, mejor, y con las menos personas posibles, para evitar la posible contaminación del relato.
  4. Nada de intentar grabar los acusaciones del niño ni similar, deje las pruebas en las manos de los profesionales cualificados.
  5. No hable al niño mal del agresor, no pronuncie ningún juicio de valor, aumentará la confusión del menor y disminuirá su credibilidad.

Ya sé que parece imposible que una cosa así le vaya a pasar a usted, pero son situaciones mucho más cotidianas del que pueda suponer. Mis recomendaciones, son difíciles de recordar al momento preciso, con los nervios a flor de piel, pero si usted es capaz de seguirlas, será todo más fácil para el niño y para su familia. Espero sinceramente, que nunca las tenga que usar.